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LOS HECHOS ENSEÑAN
Un pistola y dos hombres
El título puede tener sabor a fábula o a película de misterio. Pero responde a un acontecimiento real de un elevado dramatismo humano. Acaeció hace pocos años en un campamento de concentración de Francia. Intervienen en él, como figuras principales, un sacerdote y un incrédulo. Son espectadores anhelantes de la escena de cientos de refugiados españoles. Hay en el ambiente un aire de apasionamiento. Ambos oradores cuentan con partidarios que desean el triunfo de su favorito. Se trata de una polémica sobre Dios. ¿Hay Dios? ¿Existe Dios? Es el tema en el que se han enlazado en acalorada discusión.
El sacerdote, siempre apóstol y conquistador de almas, lo mismo en el templo y en la misión que en la cárcel, solía explicar a su auditorio temas interesantes de religión. Un día subió al estrado y les habló de Dios. Una tras otra fue exponiendo las pruebas clásicas de la existencia de un Ser Supremo, en un estilo llano y sencillo que colocaba la ciencia al alcance de todas las inteligencias.
Al fin de su argumentación preguntó si alguien tenía algo que exponer, y que lo podeía decir con sencillez. Aquel día uno de los refugiados gritó su disconformidad. El refugiado civil subió al estrado que ocupaba el eclesiástico y dijo:
«No estoy conforme con lo que ha dicho este señor cura. Dios no existe. Y lo voy a probar. Aquí está mi reloj. Si Dios existe, le doy un plazo de cinco minutos para que me mate. Son las... Faltan cuatro minutos. Faltan tres minutos. Faltan dos minutos. Falta un minuto. No falta nada. El Dios de este señor cura no existe.»
Algo como un rugido saludó las últimas palabras del incrédulo que acababa de exponer la «prueba» de la inexistencia de Dios vulgarizada por un blasfemo entre las masas que le seguían.
El orador ateo, que ni siquiera había aducido los argumentos de Sebastián Faure en su folleto «Las doce pruebas de la inexistencia de Dios», fue aplaudido, vitoreado y paseado en hombros, mientras el sacerdote no sabía cómo contener la avalancha de impiedad que ascendía a los cielos.
Pero súbitamente gritó: “¡Señores, alto! Aún no he terminado”.
Invitó a su oponente a subir de nuevo al estrado. Una vez hecho esto y reinando el silencio, dijo:
“¿Hay alguien que tenga una pistola? ¿Una pistola cargada?..”
“Ahí tiene esta pistola. No le hace falta más que darle al gatillo” le dijo uno de los presentes, lleno de curiosidad.
“Le concedo, dijo a su oponente, cinco minutos para que dispare y me mate. Son las...x horas… Faltan cuatro minutos.. faltan tres..., dos... un minuto. No falta nada. Vd. No me ha matado, luego usted no existe… Este hombre que hay a mi lado con una pistola en la mano no existe. Señores, este hombre no existe… ¿Qué les parece a ustedes?»
El rostro del sacerdote estaba pálido y pálido el de su contrincante. Más bien parecían dos estatuas de cera. Pocas veces un hombre tuvo a su alcance el salir airoso de una disputa con un crimen tan impunemente. El negador de Dios se excusó con estas palabras:
“¿Cómo le voy a matar yo a usted, que me ha favorecido tanto?”
“Dios le ha hecho a usted más favores que yo a Vd. Y es mucho más misericordioso con los hombres que usted lo ha sido conmigo y que yo con Vd. Usted me ha respetado la vida cuando yo le pedía que me matase, como Dios se la ha respetado a usted cuando le retaba a que se la quitase.»
La escena había sido de una emoción terrible. El gesto del sacerdote, de una audacia inigualable. En adelante no tendría ya valor para aquellos hombres la «prueba» de la inexistencia de Dios con que intentó convencerlos un blasfemo. Al sacerdote pudo costarle la vida su audacia. Pero Dios le recompensó aquella heroicidad, que suponía el entregarle la vida en prueba de su existencia. ¿Cómo? Con la conversión a la fe de aquel incrédulo en cuyas manos había puesto una pistola para que le matase.
(Guillermo de la Torre relató el incidente en La Gaceta del Norte, 25/ 8/ 1951.)
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EL MENSAJE en las personas
Ciencia y Dios

El presidente de la antigua URSS, allá por el año 1963, soltó en cierta ocasión una serie de exabruptos contra el Papa jactándose de su ateísmo e incredulidad. “Si Dios existiera ya habría actuado en el mundo para detener nuestro progreso y nuestra revolución. Y le habría dado a ese señor de Roma tanques para hablar nuestro mismo lenguaje y conseguir nuestra misma conquistas”.
Era el año en que, el 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin dio el primer vuelo orbital terrestre y Nikita Kruschef pronunció un discurso elogiando la memorable hazaña del comandante Yuri y para alabarle por que había dicho al regreso que “había mirado al cielo y no había visto a Dios… por lo tanto concluía que Dios no existe
Nikita, el hombre del zapatazo en la mesa en la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1960, inconsciente e involuntariamente estaba descubriendo una paradoja del comunismo: a un éxito espacial, se oponía el fracaso de lo más esencial como es alimentar al proletariado.
El dignatario soviético se permitió ironizar sobre el tema. Y ese día saldría en la prensa de Europa la frase de del filósofo medieval Regerio Bacon: “La poca ciencia aleja de Dios y la mucha ciencia a Dios reconduce a El».
Por eso días también el físico, Wernher von Braun daba una respuesta más que categórica a un periodista que le preguntaba si la ciencia aleja de Dios. El sabio científico le respondía textualmente,: «Hoy más que nunca nuestra supervivencia depende de nuestra adhesión a los principios morales. Sólo la ética decidirá si la energía atómica será una bendición para la Tierra o conducirá a la total destrucción del género humano. ¿De qué cosa deriva nuestra aspiración a un comportación moral? Retengo que dos sean las fuerzas que nos guían. La primera es la fe en el Juicio Universal, cuando cada uno de nosotros deba rendir cuentas del uso que ha hecho de aquel gran don de Dios que es la vida. La otra es la fe en la inmortalidad del alma, que en el Juicio Final recibirá la recompensa o la pena que se merece. La fe en Dios y en la inmortalidad nos da la fuerza y la guía ética que son necesarias para todas las acciones de nuestra vida cotidiana.»
Y Von Braun añadía: «En nuestra moderna civilización muchos parecen considerar que la ciencia haya convertido, en cierto modo, en anacrónicas o superadas las ideas religiosas. Sin embargo, yo creo que la ciencia reserva reales sorpresas a los escépticos. Por ejemplo, la ciencia nos dice que en la naturaleza no hay nada, ni siquiera la más microscópica partícula, que se disuelva sin dejar huella.
Reflexionad unos momentos y vuestras opiniones sobre la vida cambiarán. La ciencia ha demostrado que nada puede ser destruido completamente: la Naturaleza no conoce la extinción; conoce sólo la transformación. Ahora, si Dios aplica este fundamental principio a las más minúsculas e insignificantes partículas del universo, ¿no es lógico que se aplique el mismo principio a la obra de arte de su creación que es el alma del hombre? Yo creo que sí. Y todo lo que la ciencia me ha enseñado—y continúa enseñándome, refuerza mi fe en la continuidad de nuestra existencia espiritual después de la muerte. Nada desaparece sin dejar huella.»
Por aquellos días, el Papa Juan XXIII, con motivo del vuelo de Gagarin, había dictado unas palabras elocuentes que se resumen en pocas líneas: «El hombre no crea, descubre; encuentra las energías, las leyes, los secretos que Dios, en la creación del mundo, ha puesto al alcance de sus manos. Dios le ha invitado a descubrirlos para mejor conocerle v mejor servirle. El progreso técnico, cuando se interpreta en su más profundo sentido, sólo hace que el hombre caiga de rodillas para adorar a Dios.»
Y a las pocas semanas, John Glenn emulaba con un viaje espacial la hazaña de los rusos de ser los primero en subir al espacio. Al bajar de la nave. recordando las palabras de Yuri Gagarin, decía a los periodistas que le preguntaban con intención si había visto a Dios “No le he visto por que no se le ve… Pero nunca me he sentido más cerca de Dios que en este viaje maravilloso. Tengo la certeza de que Dios estaba allá conmigo”.
Resumen de un artículo de L. C. C. en ABC, 8-10-1961 |
El viejo violín

Un pobre hombre vivia de tocar su violin y de pedir a la gente que le diera unas monedas por el servicio de tocar melodía. No se llamaba mendigo, pues decía que él no pedía limosnas, sino colaboraciones para su trabajo.
La gente le escuchaba y algunas monededas caían en su platillo petitorio. Ciertamente no eran muchas.
Cuando se fue haciendo viejo, el violín y él que lo tocaba, la recaudación empezó a ser menor porque la música era cada vez más pobre. Y el anciano pasaba mucha necesidad
Un dia en que tocaba el instrumento ante un concurso de gente que le miraba con desinterés, pasó cerca un famoso músico y violinista, que sintió compasión por el pobre viejo.
“Dejadme tocar una pieza, señor. Yo también soy trabajador de la música y soy violinista.
Fatigado el viejo como estaba, le cedió el insturmento. El violinista se quedó extasiado ante el instrumento y pregunto al anciano al cabo de un rato de mirar con sorpresa el instrumento… ¿De dónde ha sacado Vd esta maravilla?... ¡Es un stradivarius…! Está muy viejo y sucio, pero es una maravilla!
“Me lo dejó mi padre cuando murió, hace muchos años. Yo era niño entonces. Nunca me he separado de él ni me separaré…
Emocionado el verdadero músico, afinó rápidamente las cuerdas, limpió el polvo, arregló con sus manos la caja y arrancó las primeras melodías. Luego tocó una pieza y luego otra… Le gente quedaba extasiada ante sonidos tan maravilloss y pronto la concurrencia fue tan grande que no cabia en los alrededores. Cuando iba por la docena de piezas, el músico gritó a la gente.
“Hemos de pagar a este señor propietario del violin lo que en justicia se merece, por prestarme este magnífico instrumento. Ruego que aporte cada uno lo que pueda para que este buen hombre reciba la justa paga a su servicio.”
Fue muy grande la cantidad de billetes y donativos que se recibieron, de modo que el pobre anciano sentía que las lágrimas le salía de sus ojos
Después llegaron a un acuerdo el músico y el anciano.
“Yo me quedo en depósito con el violín y, a cambio, le daré a Vd, que ya es anciano y debe quedarse en casa para caer en enfermo, la mitad de lo que saque en cada concierto en que use su instrumento. Así quedará curtodiada y protegida esta joya y Vd tendrá su justa recompensa.”
Asi lo huicieron y el anciano vivió desahogado durante alguns años más y dejó en su testamento que el violóin pasara a propiedad del músico cuando el falleciera, lo que no tardó en suceder.
Es importante saber que muchas veces llevamos joyas con nostros y no sabemos descubrirlas. Y es conveniente asumir que lo importante no es tener buenos recursos sino saber usarlo bien. |
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Dios esta cerca
“Donde hay amor, allí está Dios”. Es el título de un cuento de León Tolstoi, el novelista ruso más conocido y que al timpo mismo fue literato, conde y periodista.y cuebntaTolstoi qe un zapatero, llamado Martin, oyó en sueño una voz que decía: “Mañana voy a visitarte. Mira bien por la ventana”.
Pensó Martin que era una voz de verdad y que el mismo Jesús se lo había dicho. Se levantó pronto, Preparó su choza, barrio y adencentó todo como quien espera una visita importante.
Miraba por la venta y vió un pobre barrendero que limpieba la calle llena de nieve. Daba signos de mucho cansancio. Martín la llemo desde la puerta. Le invitó a una taza de café caliente. Le preguntó el barrendero. “¿Espera a alguien, amigo? Tiene la casa muy limpia y preparada.
Martin respondió. “Creo que sí. Eso al menos pensé al oir una voz anoche que anunciaba la llegada de un personaje importante,”
Cuando marcho el barrendero, Martin no hacía más que pensar en la visita. Miraba por la ventana con frecuencia, por si alguien venia por el camino
Vio una mujer con un niño que lloraba. Hacía mucho frio. La llamó y entro la mujer. Mientas se calentaba la madre y el niño y comían alguna cosa que Martin les preparó. La mujer preguntó. “Tiene la casa muy limpia. ¿Espera a alguien?.
Martín dijo: Si. Me dijo una voz que vendría una visita importante. Y estamos ya a medio día y sigo esperando. No sé cuando llegará. La mujer sonrió y se marcho luego de haber dado las gracias
A media tarde Martin empezaba a impacientarse. Oyó a una vendedora de manzana que chillaba porque un mozalbete la había robado una. Martín salió y persuadió al chico que respetara a la mujer. El chico pidió excusas y en compensación, además de devolver lo robado, se ofreció para llevar las cajas de manzanas hasta la casa de la vendedora, que quedó admirada de la bondad de Martín y del favor que la había hecho. Martin regresó a su casa por si llegaba la visita. Pero la tarde pasó y allí no apareció nadie.
Decepcionado el zapatero, se quedó dormido junto a la lumbre ya entrada la noche. Su último pensamiento fue: Soy muy tonto. Me he creído que iba a venir el mismo Jesús a mi pobre casa. Qué ingenuo soy.
En ese momento se sobresaltó, pues oyo una voz que le decía ¿Acaso no he venido a verte? Y en la penumbra vio al barrendero fatigado que sonreía… Luego oyó otra voz que decía; Y volví otra vez, ¿No te diste cuenta? Y el rostro de la mujer con el niño sonriente se le aprecieron entre las sombras.. Todavía Martín oyó otra voz que le decía. Y también la tercera vez estuve a tu lado ¿Crees que, si no me hubiera visto el ladronzuelo hambriento hubiera devulto la manzana?. Y el rostro de la vendero le daba las gracias con una sonrisa.
Martin despertó sobresaltado y se dijo. De verdad soy muy tonto, pues no distingo bien quien son lso que vienen a mi casa a visitarme. |