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LOS HECHOS ENSEÑAN
13 Octubre
Carroza y Ruido

Cierta mañana, cuenta un periodista del siglo XIX, mi padre me invitó a dar un paseo por el bosque y acepté con placer. El se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó: “Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?”
Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: “Estoy escuchando el ruido de una carroza.”
“Eso es exacto, dijo mi padre, Es una carroza vacía.”
Al momento llegó la carroza vacía y pasó ante nosotros, moviéndose con cierta soltura
Le pregunté a mi padre: “¿Cómo sabías que es una carroza vacía, si aún no la habías visto?”
“Mira bien, -me dijo, y escucha”. Mientras eso decía, me llevaba a otro camino cercano por donde pasaban en ese momento otras carrozas con dos o tres damas bien sentadas y una par de criados en la parte posterior, haciendo juego en vestimentas con el cochero que gobernaba los animales.
“¿Qué oyes”, - preguntó”,
“Nada, casi nada” - Respondí.
Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber cuándo una carroza está vacía por causa del ruido y cuando una va llena de gente, por estás llena de personas. Cuánto más vacía la carroza, mayor es el ruido que hace.”
En su artículo seguía escribiendo”. “En aquel momento, me convertí en adulto y hasta hoy, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todo el mundo, inoportuna, presumiendo de lo que tiene (y lo más seguro es que no tiene nada), de sentirse prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: «Cuanto más vacía la carroza, mayor es el ruido que hace”.
Se lo he comentado con frecuencia a amigos y a compañeros de trabajo, a enemigos y a adversarios, a políticos, a clérigos, y a juristas, y ciertamente todos están de acuerdo conmigo. Las cabezas son carrozas. Las ideas son valores. Los silencios son virtudes. Y los ruidos son avisos, por desgracia más para quienes los sufren que para quienes los producen
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EL MENSAJE para creyentes
14 de ctubre
En el Senado romano
Se discutía en el Senado romano lo que se podría hacer en la ciudad y en el imperio para corregir las malas costumbres que se habían extendido entre los ciudadanos: robos, riñas, maledicencias, adulterios, ofensas.
Los senadores propusieron leyes sabias y castigos ejemplares.
Pero uno de ellos se levantó para decir: “Senadores romanos. Esas medidas se están tomando desde hace siglos y nunca las leyes han mejorado a los ciudadanos. Roma no tiene remedios. Es aconsejable ejecutar a los delincuentes para librarnos de ellos. Pero todos sabemos que aparecerán otros”.
“Es cierto, asentían todos. No hay remedio para la patria”.
Pidió la palabra uno de los senadores más ancianos y dijo
“Eso es cierto y es lo que he visto desde hace cincuenta años que pertenezco al Senado. Pero pienso que hay una solución, si somos inteligentes, honestos y justos.”
Sacó de entre sus ropas una manzana podrida y dijo: “Esta manzana es Roma. Esta podrida. A nadie gusta”.
Arrojó la manzana al centro de la asamblea. Los restos quedaron esparcidos, ante el silencio de los presentes.
El anciano añadió: “Pero habéis visto que de los trozos podridos se han desprendido varias semillas. Ciudadanos, tomadlas, plantadlas y dentro de poco tendréis un árbol joven, que dará sus nuevas manzanas sanas”.
Todos entendieron que hablaba de los niños y de los jóvenes y de la educación que había de darse. Aquel mismo día el Senado votó el gastar la mitad del dinero de los espectáculos públicos en hacer escuelas y en pagar a muchos más maestros.
Pasaron los meses y varios años. La juventud comenzó en Roma a ser más culta. Y la sociedad se hizo más ordenada, más respetuosa con los derechos ajenos, más capaz de entender el orden y a vivir en paz.
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15 de Octubre
El hombre en el centro

Un profesor estaba un sábado por la mañana tratando de preparar una clase y una explicación en difíciles circunstancias. Su esposa había salido de compras y su hijito de cinco años se mostraba nervioso y movido, porque estaba aburrido y su padre no le hacía caso.
Desesperado el profesor con el niño, se comportó como lo que era, como un buen profesor. Tomó una vieja revista vieja, seleccionó la fotografía más grande y complicada, tomó unas tijeras, la cortó en pequeños fragmentos y los revolvió en una caja de su hijo, al tiempo que le decía: “Mira, hijito, vamos a hacer un trato. Si me vuelves a ordenar estos fragmentos de la fotografía que acabo de recortar, en cuanto termines nos vamos tú y yo al parque y pasamos la mañana mirando las flores y los animales y no volvemos hasta la hora de la comida”
Estupendo papa. Pero tienes que cumplir con la palabra y…¡no engañarme!
Tomó el hijo la caja de los fragmentos, marchó silencioso a otra habitación, sonrió el señor catedrático y se enfrascó en su arduo trabajo con una sonrisa de triunfo y con una arrogante actitud de inteligente negociante.
Pero, he aquí que no habían pasado diez minutos y el niño entró de nuevo en la habitación, con la fotografía perfectamente ordenada y el vestido ya acondicionado para salir a la calle. “Papa, dijo sin darse ninguna importancia. Aquí la tienes, perfectamente preparada.”
El buen hombre no daba crédito a lo que sus ojos veían y su hijito le decía.
Pero, hijo ¿Cómo has logrado hacerlo?
“Claro, papa. Es sumamente sencillo. Por detrás de la foto había un hombre. Y yo he pensado: “Si ordeno bien el hombre, luego doy la vuelta y queda ordenada la foto”. Y, ¡zas!, lo he hecho así: he colocado un papel encima, he ordenado la figura del hombre y lo he vuelto al revés. He pensado que si la figura del hombre está bien, todo lo estará. Ha quedado perfecta ¿No lo ves o no tienes ojos, papá?”
Como el docto profesor, que además lo era de derecho penal, era hombre de palabra, tomó sus prendas de calle y dejó una nota a su esposa por si volvía. En ella decía:. “Jonny y yo nos vamos al parque a descansar del esfuerzo. Volveremos para la comida”
Y mientras el niño aumentaba su felicidad jugando con los animales y los otros niños, el padre preparaba el comienzo de su lección y la conclusión. En su libreta de notas escribía: “Señores, en este mundo, y en lo que a derecho se refiere, todo lo arregla y todo lo estropea el hombre. Todo problema insoluble tiene solución, si el hombre está detrás. Y todo gran problema tiene por debajo el hombre. El secreto del derecho es saber encontrar al hombre. Es decir, descubrirlo a tiempo. “
En otro lugar de su libreta escribió la conclusión de la lección, que decía así:
Y para terminar, señores, recojo y confirmo la frase de Protágoras, el sofista del siglo V en Atenas, defendiendo su principio de homomensura: “El hombre es la medida de todas las cosas, de los que son en cuanto son. Y de las que no son en cuanto dejan de ser.”
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16 Octubre
El Monje inquieto

Hay un cuentecito que huele mal, pero puede resultar interesante contarlo, aunque sólo sea para disfrutar un momento el realismo terreno de los grandes maestros como era Achaan Chan, abad tailandés del budismo theravada.
Uno de sus monjes, Aranyabho, era de naturaleza inquieta, nunca aguantaba mucho en un monasterio y bajo una excusa u otra, de cosas que no le iban bien aquí o allá, solicitaba un traspaso a otro monasterio
En cada época se arreglaba para ir viviendo de monasterio en monasterio, sin acabar de establecerse en ninguno. Y claro tantos desplazamientos molestaban a los monjes venerables, que sabía que la vida de los monasterio exige seriedad y serenidad
Achaan Chan dijo una vez ante la reunión de los monasterios, con su peculiar estilo afectuoso, por con tono intencionadamente rudo, si bien suavizado con el gesto, la sonrisa y el cariño que cada monje sabía que el superior sentía por cada uno de ellos.
“Aranyabho lleva excremento de perro en su bolsillo; allá donde se sienta, huele mal y él piensa: “Este monje en este monasterio no está bien” y se levanta y se va a otra parte. Pero una vez que llega, no esta bien y vuelve a marcharse porque no le gusta. Y así va de casa en casa, sin poder reposar en ninguna parte porque en todas huele mal. Hasta que caiga en la cuenta de que lleva el mal olor en su ropa y se cambie y se lave y se perfume si hace falta, entonces se encontrará a gusto en cualquier parte.”
Ni que decir tiene que Aranyabho se enteró de lo que su superior había dicho y de los monjes ya pensarían de él en cualquier otro cambio. Se resistió mucho tiempo en el monasterio en el que actualmente estaba y cuando alguno de los monjes más atrevidos le preguntaba: “Hermano, ¿pensáis en pedir algún cambio dentro de poco?
Aranyabho siempre decía: “No, hermano, en este monasterio sólo huele a flores y no tenemos perros” |