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LOS HECHOS ENSEÑAN
2 Noviembre
Fieles difuntos

La Iglesia celebra un día de recuerdo y plegaria en honor de todos los difuntos. Reza por todos aquellos por quienes nadie reza. Recuerda a todos aquellos a quienes nadie recuerda. En este día rezamos por los difuntos que están en el purgatorio. Los que han ido al cielo son santos y no necesitan oración. Los que están en el infierno no pueden beneficiarse de la oración ni la desean. Sólo rezamos por las difuntas almas del purgatorio. Pero como no sabemos con seguridad si un difunto está en el purgatorio (a no ser que la Iglesia lo haya declarado santo en cuyo caso está en el cielo), es bueno rezar por todos los difuntos.
Intercedemos por todos los difuntos, en especial nuestros familiares y conocidos, para que pronto se encuentren con el Señor en el cielo. Es antigua costumbre cristiana visitar los cementerios el día de los difuntos y llevar flores como signo de amor y de recuerdo.
Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo católico, decía que “rezar por los difuntos es la mayor obra de misericordia, aún más que rezar por los vivos, ya que éstos pueden valerse por sí mismos”. Y los difuntos han terminado el tiempo de vida y no pueden ya merecer. Pero, como tenemos un misterio cristiano hermoso que es la comunión de los santos, sabemos que unos podemos rezar por los otros y Jesús ha querido que podamos compartir méritos y gracias, ayudas y apoyos
La abadía de Cluny dio origen de la fiesta litúrgica de los difuntos hace ya unos mil años. La costumbre de orar por los difuntos y celebrar misa por ellos es tan antigua como la Iglesia. Pero la fiesta litúrgica por los difuntos se remonta al 2 de noviembre de 998, cuando fue instituida por San Odilón, monje benedictino y quinto abad de Cluny en el sur de Francia.
El Papa Juan Pablo II, en un mensaje que envió al obispo Raymond Séguy, abad titular de Cluny el 12 de octubre del 1998, recordando el milenario de esta fiesta, felicitó a los abades y recordó el gran beneficio que supuso esa fiesta, no sólo para los difuntos que reciben los beneficios de las plegarias de los fieles, sino para los que rezar, pues al tiempo recuerdan que hay otra vida, que hay que purificar todos los pecados antes de entrar en el cielo. Así los cristianos aprenden a vivir mejor.
4 de Noviembre
El Beato Martín de Porres (el lego dominicano mestizo, de Lima, muerto en 1639) tenía una hermana casada, Juana, que habitaba fuera de la ciudad. Años después de la muerte del santo varón, relató ella esta historia ante la Comisión Episcopal que recogía datos sobre su vida.
Una noche había tenido una discusión muy seria con su marido, tan seria que no parecia haber más solución que separarse.
Repentinamente se abrió la puerta y entró el Hermano Martín, sosegado y sonriente, cual solía estarlo en sus visitas. Bajo su negro escapulario, se adivinaba un fardo. Como si ya supiera hasta dónde habían llegado las cosas, dijo unas palabras que aligeraron la enrarecida atmósfera. En breves momentos los esposos hicieron otra vez las paces. Entonces Martín deshizo el fardo y sacó unos emparedados, uvas, bizcochos ‘y una botella de vino tinto. Sentáronse en torno a la mesa para celebrar las paces y Martín se quedó toda la noche con ellos.
Al cabo de pocos días Juana encontró a otro de los legos y le contó de qué manera el Hermano Martín les había reconciliado. El lego la miró asombrado. «¿Usted dice que el Hermano Martín se quedó toda la noche en casa de ustedes? Es imposible en absoluto. Servimos juntos en el hospital. Si hubiese salido, yo me habría dado cuenta enseguida. Le aseguro que pasó en la ciudad la noche entera y que estuvimos toda la noche cuidando a los enfermos.»
Pero Juana no estaba menos cierta de haberle tenido en su hogar. En esta ocasión, y en otras, parece ser que Dios concedió al bienaventurado Martín el poder denominado «bilocación», de que han gozado también algunos Santos más: el poder de estar en dos sitios a la vez, como San Juan Bosco y Santa Ursula de Benicassa, de los que hay documentos que lo acreditan.
Ciertamente Dios, cuando alguien se entrega a un servicio especial de amor al prójimo concede dones portentosos. No son necesarios, porque Dios todo lo puede, pero Dios no repara en milagros sin que tengan explicación natural alguna.
(La fiesta del santo se celebra el 3 de Noviembre
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EL MENSAJE para creyentes
3 de Noviembre
San Martín de Porres

Religioso peruano de la orden de los dominicos, que fue el primer santo mulato de América. Era hijo de Juan de Porres, hidalgo pobre originario de Burgos, y Ana Velásquez, una negra liberta, natural de Panamá. Su padre, debido a su pobreza, no podía casarse con una mujer de su condición, lo que no impidió su amancebamiento con Ana Velásquez. Fruto de ella nació también Juana, dos años menor que Martín. Nacido en el barrio limeño de San Sebastián, Martín de Porres fue bautizado el 9 de diciembre de 1579. El documento bautismal revela que su padre no lo reconoció, pues por ser caballero laico y soltero de una Orden Militar estaba obligado a guardar la continencia de estado.
Hacia 1586, el padre de Martín decidió llevarse a sus dos hijos a Guayaquil con sus parientes. Sin embargo, los parientes sólo aceptaron a Juana, y Martín de Porres hubo de regresar a Lima, donde fue puesto bajo el cuidado de doña Isabel García Michel en el arrabal de Malambo, en la parte baja del barrio de San Lázaro, habitado por negros y otros grupos raciales. En 1591 recibió el sacramento de la Confirmación de manos del arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo.
Martín inició su aprendizaje de boticario en la casa de Mateo Pastor, quien se casaría con la hija de su tutora. Esta experiencia sería clave para Martín, conocido luego como gran herbolario y curador de enfermos, puesto que los boticarios hacían curaciones menores y administraban remedios para los casos comunes. También fue aprendiz de barbero, oficio que conllevaba conocimientos de cirugía menor.
La proximidad del convento dominico de Nuestra Señora del Rosario y su claustro conventual ejercieron una atracción sobre él. Sin embargo, entrar allí no cambiaría su situación social y el trato que recibiría por ser mulato y bastardo: no podía ser fraile de misa e incluso le prohibieron ser hermano lego. En 1594, Martín entró en el convento en calidad de aspirante a conventual, sin opción al sacerdocio. Dentro del convento fue campanero y es fama que su puntualidad y disciplina en la oración fueron ejemplares. Más aún, dormía muy poco, entre tres a cuatro horas.
Tenía varias devociones, pero sobre todo creía en el Santísimo Sacramento y en la Virgen María, en especial la Virgen del Rosario, Patrona de la Orden dominica y protectora de los mulatos. Martín fue seguidor de los modelos de santidad de Santo Domingo de Guzmán, San José, Santa Catalina de Siena y San Vicente Ferrer. Era muy sobrio en el comer y sencillo en el vestir (usó un simple hábito blanco toda su vida). Se dice que cuando murió no hubo ropa con que amortajarlo, así que lo enterraron con su propio hábito ya roído.
En el convento, Martín ejerció también como barbero, ropero, sangrador y sacamuelas. Su celda quedaba en el claustro de la enfermería. Todo el aprendizaje como herbolario en la botica y como barbero hicieron de Martín un curador de enfermos, sobre todo de los más pobres y necesitados, a quienes no dudaba en regalar la ropa de los enfermos. Su fama se hizo muy notoria y acudía gente muy necesitada en grandes cantidades. Su labor era amplia: tomaba el pulso, vendaba, entablillaba, sacaba muelas, suturaba, succionaba heridas sangrantes e imponía las manos con destreza. En Martín confluyeron las tradiciones medicinales española, andina y africana; solía sembrar en el huerto una variedad de plantas, que luego convertía en remedios para los pobres y enfermos. Debió de empezar su labor como enfermero entre 1604 y 1610.
La vida en el convento estaba regida por la obediencia a sus superiores, pero en el caso de Martín la condición racial también era determinante. Su humildad era puesta a prueba en muchas ocasiones. Todas las dificultades no impidieron que Martín fuera un fraile alegre. Sus contemporáneos señalan su semblante siempre risueño.
Otra de sus facultades fue la videncia. Se cuenta que su hermana Rosa había sustraído una suma de dinero a su esposo y se encontró con su hermano, el cual inmediatamente le llamó la atención por lo que había hecho. Su hermana no salía de su asombro, ya que nadie sabía del hurto. También tuvo facultades para predecir la vida propia y ajena, incluido el momento de la muerte.
En Octubre de 1639, Martín de Porres cayó enfermo de tabardillo pestilencial. Murió el 3 de Noviembre de ese año. Hubo gran conmoción entre la gente, doblaron las campanas en su nombre y la devoción popular se mostró tan excesiva que obligó a hacer un rápido entierro. A pesar de la biografía ejemplar del mulato Martín de Porres, convertido en devoción fundamental de las castas y gentes de color, la sociedad colonial no lo llevaría a los altares. Su proceso de beatificación terminó en 1962, bajo el papado de Pablo VI.
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5 de Noviembre
Alexis Carrel

El sabio autor de “La incógnita del hombre” y premio nóbel en 1912 en medicina, fue a Lourdes llevado por el escepticismo y la curiosidad. Y volvió de Lourdes dispuesto a cree lo que había visto: que Dios puede hacer milagros y ante sus ojos los había hecho
Brillante estudioso de medicina, Doctor al terminar su carrera universitaria en Lyon, pronto se apartó de todo lo religioso, a pesar de que su familia y su educación habían sido católicas.
Años antes, hacia 1903, cuando un amigo le preguntó qué clase de curaciones la harían admitir un milagro, respondió decididamente: “Una pierna cortada que renaciese o una gangrena que desapareciese súbitamente: en este caso me convertiría en un creyente fanático o me volvería loco; pero estoy seguro de que no habrá tal caso” Además, poco antes había escrito: “El milagro es un absurdo, es cierto; pero si en condiciones bien concretas se llega a comprobar con certeza, es preciso admitirlo".
Y sin embargo por entonces sucedió ante sus ojos un milagro de la especie que él pedía. María Bailly, afectada de gravísima peritonitis tuberculosa, estaba desahuciada por los médicos. El doctor Carrel debió de oficio ir en un tren de 300 enfermos que viajaba hacia Lourdes. La señorita Bailly, casi moribunda, iba rezando en el tren con fe. El médico la había auscultado en su camilla y había hecho un desafío en su mente: “Virgen de Lourdes, si eres más que un mito en la mente de estos desgraciados, haz que esta chica se cure y te prometo creer en ti”.
Desde el Hospital donde llevaron a la enferma con otro grupo de los más graves, la enfermera que la cuidaba le expresó el deseo de la enferma de ser llevada a la fuente milagrosa. Los médicos acceden y Carrel se ofrece a acompañarla. Cuando está saliendo del hospital le comenta a su compañero como broma: “si ésta se cura, me meteré de monje”.
Llegado al sitio, asombrado Carrel, contempló la milagrosa curación casi repentina. Sólo dijo de momento: “Estoy alucinado”. Todos los médicos la volvieron a examinar y el dictamen fue unánime: “Imposible, pero esta enferma está completamente curada. Es indiscutible”.
María Bailly estaba curada. Era 28 de Mayo de 1903 El Doctor palideció. Ante el milagro, Alexis Carrel no se volvió loco, pero sí un creyente convertido y convencido.En secreto, esa misma noche escribió en su cuaderno íntimo, esta confesión a la Virgen:
“Dulce Virgen, que socorréis a los desgraciados que os imploran humildemente, guardadme. Creo en Vos. Habéis querido responder a mis dudas por un esplendoroso milagro. No sé verlo y dudo todavía. Pero mi mayor deseo y el objetivo supremo de todas mis aspiraciones es creer, creer perdidamente, ciegamente, sin discutir ni criticar nunca más.
Vuestro nombre es más dulce que el sol de la mañana. Acoged al pecador inquieto, de corazón agitado y de frente arrugada, que se agota persiguiendo quimeras. Bajo los consejos profundos y duros de mi orgullo yace un sueño, desgraciadamente sepultado todavía, el más seductor de todos los sueños, el de creer en Vos y amaros como os aman los monjes de alma blanca”.
Con todo su cambio no fue explosivo. Regresó del viaje silencioso, desconcertado… Su vida profesional siguió. Siguió con sus experimento y sus diversas publicaciones. Pero ahora se mantuvo lleno de de respeto por lo religioso… No hallaba explicación, pero no podía creer sin más en todo lo que antes no había creído… Lo narraría luego en libros tan cautivadores como “Mi viaje a Lourdes” . En ese libro hay una oración muy bonita a la Virgen, en la que le da las gracias por haberle permitido presenciar aquel milagro maravilloso que le llevó a la fe. Y también explica por que no podía creer del todo: por que la fe es una gracia de Dios y Dios se la dio cuando el quiso, y no cuando el hombre le desafió.
Cometió el error de contarlo en un artículo para una reunión con médicos de ideología adversa, que no dudaron en decirle: "Con tales ideas, la Universidad de Lyon no le abrirá jamás sus puertas". Fue entonces cuando emigró a los Estados Unidos, donde trabajó primero en el Laboratorio de Fisiología de la Universidad de Chicago y, desde 1906, en el prestigioso Instituto Rockefeller de Investigación Médica. Allí pasó casi toda la vida, salvo períodos veraniegos en que volvía a Francia. En uno de ellos contrajo matrimonio en 1913 con una piadosa y culta cristiana, que le ayudó mucho en sus procesos espirituales.
En su libro “El hombre, ese desconocido”, de 1935, refleja su itinerario interior. Regresó a Francia en 1938, antes de comenzar la Guerra. Al servicio del Gobierno de Vichy, sometido a la Alemania nazi, desarrolló funciones de apoyo hospitalario. Al terminar la contienda, se le relegó so pretexto de colaboracionismo, acusación totalmente injusta. Murió pronto, el 5 de Noviembre de 1944 en París.
Cerca de morir hizo la siguiente profesión de fe: “Quiero creer y creo todo lo que la Iglesia católica quiere que creamos. Y no experimento en ello ninguna dificultad, ya que no encuentro ninguna oposición real con los datos reales de la ciencia”.
E
Un v
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30 Octubre
El colibrí

Cuentan que hace muchísimos años una terrible sequía se extendió por las tierras de los quechuas. Los líquenes y el musgo se redujeron a polvo, y pronto las plantas más grandes comenzaron a sufrir por la falta de agua.
El cielo estaba completamente limpio, no pasaba ni la más mínima nubecita, así que la tierra recibía los rayos del sol sin el alivio de un parche de sombra. Las rocas comenzaban a agrietarse y el aire caliente levantaba remolinos de polvo aquí y allá. Si no llovía pronto, todas las plantas y animales morirían.
En esa desolación, sólo resistía tenazmente la planta de qantu, que necesita muy poca agua para crecer y florecer en el desierto. Pero hasta ella comenzó a secarse. Y dicen que la planta, al sentir que su vida se evaporaba gota a gota, puso toda su energía en el último pimpollo que le quedaba.
Durante la noche, se produjo en la flor una metamorfosis mágica. Con las primeras luces del amanecer, agobiante por la falta de rocío, el pimpollo se desprendió del tallo y, en lugar de caer al suelo reseco, salió volando, convertido en colibrí.
Zumbando se dirigió a la cordillera. Pasó sobre la laguna de Wacracocha mirando sediento la superficie de las aguas, pero no se detuvo a beber ni una gota. Siguió volando, cada vez más alto, cada vez más lejos, con sus alas diminutas. Su destino era la cumbre del monte donde vivía el dios Waitapallana.
Waitapallana se encontraba contemplando el amanecer, cuando olió el perfume de la flor del qantu, su preferida, la que usaba para adornar sus trajes y sus fiestas. Pero no había ninguna planta a su alrededor. Sólo vio al pequeño y valiente colibrí, oliendo a qantu, que murió de agotamiento en sus manos luego de pedirle piedad para la tierra agostada.
Waitapallana miró hacia abajo y descubrió el daño que la sequía le estaba produciendo a la tierra de los quechuas. Dejó con ternura al colibrí sobre una piedra. Triste, no pudo evitar que dos enormes lágrimas de cristal de roca brotaran de sus ojos y cayeran rodando montaña abajo. Todo el mundo se sacudió mientras caían, desprendiendo grandes trozos de montaña.
Las lágrimas de Waitapallana fueron a caer en el lago Wacracocha, despertando a la serpiente Amarú. Allí, en el fondo del lago, descansaba su cabeza, mientras que su cuerpo imposible se enroscaba en torno a la cordillera por kilómetros y kilómetros.
Alas tenía, que podían hacer sombra sobre el mundo. Cola de pez tenía, y escamas de todos los colores. Cabeza llameante tenía, con unos ojos cristalinos y un hocico rojo.
El Amarú salió de su sueño de siglos desperezándose, y el mundo se sacudió. Elevó la cabeza sobre las aguas espumosas de la laguna y extendió las alas, cubriendo de sombras la tierra castigada. El brillo de sus ojos fue mayor que el sol. Su aliento fue una espesa niebla que cubrió los cerros. De su cola de pez se desprendió un copioso granizo.
Al sacudir las alas empapadas hizo llover durante días. Y del reflejo de sus escamas multicolores surgió, anunciando la calma, el arco iris. Luego volvió a enroscarse en los montes, hundió la luminosa cabeza en el lago, y volvió a dormirse. Pero la misión del colibrí había sido cumplida…
Los quechuas, aliviados, veían reverdecer su imperio, alimentado por la lluvia, mientras descubrían nuevos cursos de agua, allí donde las sacudidas de Amarú hendieron la tierra.
Y cuentan desde entonces, a quien quiera saber, que en las escamas del Amarú están escritas todas las cosas, todos los seres, sus vidas, sus realidades y sus sueños. Y nunca olvidan cómo una pequeña flor del desierto salvó al mundo de la sequía. |